Debemos aprender a alabar a Dios. A darle Gracias. Dar gracias es mejor que orar a Dios. Nuestras alabanzas durarán mucho más que todo lo que podamos pedir.
Al leer el salmo 103 contemplamos con sorpresa la presencia de nuestro Dios. Nos rodea con su misericordia. ¡Bendice alma mía al Señor! Hagámoslo con todo el ser: bendiga todo mi ser su santo nombre. Mente, corazón y voluntad, toda la persona, alabe al Señor.
“No olvides” sino acuérdate, haz memoria, “ninguno de sus beneficios”, que son muchísimos. Pensemos primero en la gracia poderosa de Dios. Él es quien perdona todas nuestras iniquidades. Dios ha quitado lo que había entre Él y nosotros. Lo ha separado a tan enorme distancia que el oriente está más cerca del occidente que eso.
Bendice su nombre por la vida misma. Demos gracias por la salud, por fuerzas restauradas, por el milagro del descanso y nuevas energías. Estas cosas no ocurren tan sólo porque hay leyes naturales; ocurren también porque Dios las da a sus hijos. Cada día, un nuevo comienzo, nuevas fuerzas y vitalidad. Algo nos sostiene con su mano potente. Los brazos de Dios nos abrazan. ¡Bendice alma mía, al Señor!
Dar gracias es mejor que hacer pedidos, alabar es mejor que orar. A veces, cuando oramos, estamos delante de Dios como si fuéramos mendigos, siempre pidiendo, siempre con las manos vacías. Pero en momentos de gratitud, tengo algo para Dios, Vengo con manos llenas. Vengo a Dios y puedo ofrecerle; ofrecerle… lo que primero recibí de Él.