Había seis hombres que quedaron atrapados en una solitaria cabaña en las montañas, bajo una terrible tormenta de nieve. El frio era intenso, el fuego que los calentaba se estaba apagando, sin embargo había algo curioso, todos tenían consigo un leño, pero ninguno se movía a echarlo en la hoguera para alimentar el fuego.
El blanco racista decía dentro de sí, ese negro no se va a calentar a costa de mi leño.
El negro por su parte pensaba, ese blanco nazi lo único que puede recibir de mi es un trancazo con mi leño tan pronto se descuide.
El rico pensando en sus bienes decía, nadie merece lo que yo poseo.
El pobre, abrazando su leño decía para sí, si los que tienen no dan nada, ¿por qué tengo que dar lo único que poseo?
El religioso meditaba, el juicio de Dios está sobre estos miserables pecadores...
El comerciante decía, sólo si me pagan lo suficiente puedo ceder mi leño.
Pasaron las horas..., poco a poco el fuego se fue extinguiendo, pero nadie lanzó su leño en la hoguera. Todos murieron congelados, abrazando el pedazo de madera que pudo haber sido su salvación. La realidad es que murieron porque su alma estaba muerta y ninguno quiso aportar lo que podía salvarlos.
Todos tenemos algo que aportar para que nuestro entorno, nuestra familia, nuestro vecindario, nuestra iglesia o nuestro país pueda mejorar. Renunciemos a ese espíritu egoísta que nos quiere hacer creer que nadie merece beneficiarse de los talentos que Dios por su gracia nos regaló, o de aquello que por el esfuerzo de nuestro trabajo alcanzamos tener. Todos podemos aportar para que podamos tener un mundo mejor. Avivemos el fuego de la cooperación y de una vida productiva para que no muramos congelados con el frío de la insensibilidad.
«Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño;porque en el sepulcro, adonde te diriges,no hay trabajo, ni planes, ni conocimiento, ni sabiduría»
Eclesiastés 9: 10