martes, 31 de marzo de 2020

LA VID





                                    
Hace una semana comencé a tratar de pintar diversos retratos del Redentor, el cual espero terminar con el cuadro del Gólgota.  En esta ocasión uso el pasaje de Juan 15 donde Jesús se llama a sí mismo como la vid verdadera.   Este es un cuadro un tanto desconocido para nosotros en Puerto Rico, porque aquí no tenemos una cultura de cultivo de la uva. Dentro del judaísmo la figura de la vid era conocida no sólo por el amplio cultivo de la misma, sino que proféticamente era símbolo de Israel.  (Isaías 5:17; Jeremías 2:21; Ezequiel 15 y 19:10)
El concepto de que Israel es la vid de Dios es tan marcado que el judío decía, "nadie puede salvarse a menos que se haga hijo de Israel.  Y esto sólo se logra por medio de la aceptación de la ley, el rito de la circuncisión y el bautismo. Mediante estos tres ritos te haces hijo de Abraham e hijo de la ley. Porque La salvación está en Israel.
Cuando Jesús dice, que Él es la vid verdadera, está dando a entender que hay una vid falsa.  Esto es, no es Israel el que te salva, no es ser judío lo que te salva, sino que yo soy el verdadero instrumento de salvación.  Es manteniendo una íntima comunión conmigo, porque separado de mí nada podéis hacer.  Así como el pámpano no puede subsistir separado de la vid, así tampoco nadie se salva separado de mí.
La vid es conocida también por su abundante producción.  Así también la vid verdadera. ¡Cuántos han sido redimidos y salvados por El!   De polo a polo, de Oriente a Occidente, de todas partes del mundo, cientos, miles y millones han sido alcanzados para salvación por medio de Jesucristo.



La vid aunque muy productiva, no tiene belleza exterior. No tiene forma; sus ramas se tuercen y todo el aspecto de la vid está muy lejos de la belleza de otras plantas. ¿No le es esto conocido?   "No hay parecer en él, ni hermosura para que le deseemos".  Jesús no tuvo riquezas terrenales. Su reino no era de este mundo.  Su grandeza y belleza está en su triunfo sobre la cruz. "Por eso Dios le dio un nombre que es sobre todo nombre..."  Filipenses 2: 5-11

miércoles, 25 de marzo de 2020

EL CAMINO




Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:6 (RVR1960) 

En ese momento íntimo que Jesús compartió con sus discípulos antes de su crucifixión hizo una serie de revelaciones de su persona que no deberían pasar desapercibidas a los estudiantes de la Biblia.

En esta declaración del verso que escogí, hay una gran revelación y enseñanza. Esa expresión, camino, verdad y vida para nosotros tal vez no tenga mucha relevancia, pero para aquellos doce judíos que estaban en aquel aposento, tenían un gran significado.


El modelo del tabernáculo y del templo era una imagen muy conocida para todo adorador judío.   La tradición rabínica les había dado nombres a las tres puertas del santuario.   El santuario tenía tres áreas o divisiones; el atrio, el lugar santo y el lugar santísimo.   Cada uno tenía una sola puerta de acceso.   A la puerta del atrio, se le dio el nombre de camino, a la puerta del lugar santo se le llamó verdad, y a la puerta del santísimo se le llamó vida.

Cuando el adorador, llegaba al santuario lo primero que hallaba era el camino, ahí estaba el altar del sacrificio. Lo que Jesús nos dice es que el primer paso para alcanzar a Dios es llegar al lugar del sacrificio (la cruz) y su sangre (de Cristo) nos limpia de todo pecado.

Una vez perdonado, puede pasar al lugar santo, y allí encontrarás la puerta de la verdad, en ese lugar estaba el candelabro, la mesa de los panes y el altar de oro o de la oración.   El pecador perdonado ahora puede disfrutar de la verdad, iluminado por luz del Espíritu, alimentado por el pan de la Palabra y viviendo una experiencia de comunión y oración e intercesión. Habiendo alcanzado y entendido la Verdad, ahora puede pasar la puerta del santísimo y allí disfrutar de plenitud de Vida.  

En el santísimo había dos muebles que parecían uno solo, porque estaba uno sobre otro.  El arca y el propiciatorio.  Allí se manifestaba la Presencia de Dios.  El que está en Jesús vive en tal comunión con Dios, que experimenta la manifestación de aquella gloria que se hacía presente en el propiciatorio.

El que viene a Jesús, encontrará en El, un camino que conduce a la verdad y una verdad que producirá una vida abundante en la misma presencia de Dios.