Había una familia que tenía dos hijos, el mayor de ellos, sintiéndose
que ya podía tomar decisiones por sí mismo y resintiendo la disciplina del
hogar, tomó la determinación de abandonar el hogar y vivir y disfrutar la vida
y su juventud. Al comunicar su deseo a sus padres, estos como es natural
pusieron toda resistencia a que se cumplieran esos deseos. Hubo intercambio de
opiniones y toda clase de razonamientos sobre las implicaciones de esa
decisión.
El joven obstinado en su idea y no queriendo oír ninguno de los argumentos de su padre, saliendo de la casa, maldijo la hora en que había nacido en esa familia y se despidió diciendo, hagan de cuenta que morí y me sepultaron, jamás pisaré esta casa nuevamente.
Ni los ruegos, ni el llanto de su madre le hicieron reaccionar. Se marchó.
Tomó el tren, y sin rumbo fijo viajó lo más distante posible de su pueblo. Una sola idea pasaba por su mente... a donde voy, nadie sabrá de mí. Llegó a la gran ciudad. Todo lucía radiante, esplendoroso. Que muchas oportunidades tendría para lograr sus sueños. Esta era su oportunidad dorada.
Ciertamente la vida le sonrió, logró establecerse, conseguir una buena oportunidad de empleo, las amistades sobraban. Estaba logrando todo lo que quería. Cuan equivocados estaban sus viejos... Pasaron los años, y como suele ocurrir, lo novedoso se convierte en rutina y ya no había satisfacciones en nada de lo que hacía. Comienza a experimentar con algunos productos que sus amigos le ofrecían para cambiar su estado de ánimo. Había cierto deleite, pero pasajero, un gran vacío seguía creciendo en su interior.
En cierta ocasión en que está sentado tomando un café en uno de esos establecimientos que abundan en las grandes ciudades, comienza a percibir cierto aroma, que le era conocido, y sin querer su mente se remonta a su niñez. Recuerdos surgen a raudal, de los detalles que su madre tenía para él. Sentía el olor del pan de maíz recién horneado. Sentía los dedos de su madre correr por su cabello... Una sensación extraña comenzó a invadirlo.
Estaba sintiendo nostalgia de hogar. Eso que el dinero, ni la fama, ni el éxito puede ahogar.
Rápidamente el cuadro cambia y recuerda las horribles palabras con las que se despidió de sus padres. Jamás había sentido tanta vergüenza. Quería llorar y no se atrevía. Agobiado por la culpabilidad e inundado por la nostalgia, decide escribir a sus padres la siguiente nota:
"Hace muchos años salí de casa profiriendo palabras que aun retumban en mis oídos. Y aun cuando soy un hombre exitoso en todo lo que me propuse, hay un vacío en mi alma que no puedo mitigar con nada. No sé si ustedes puedan perdonarme por mis acciones y todo lo que dije. La próxima semana estaré pasando por su casa. No sé si todavía exista el viejo cerezo que estaba frente a la casa. Si ustedes estuvieran dispuestos a perdonarme y permitirme regresar a casa, lo sabré si colocan un pañuelo blanco en una de las ramas del cerezo. No se sientan mal si no me perdonan, yo reconozco lo grave de mi acción".
Llegó el día señalado, el tren pronto pasaría frente a la casa. A medida que se acercaba, su corazón palpitaba más acelerado. Llega a un punto donde no puede abrir los ojos y le cuenta a su compañero de viaje lo de la señal y le pide que por favor sea él quien observe si hay un pañuelo en la rama del cerezo. Cuando el tren está pasando por frente a la casa el compañero le dice, no puedo decirte lo que veo, tienes que verlo por ti mismo...
Cuando el abre sus ojos y mira hacia el viejo cerezo, este no tenia hojas, solo pañuelos blancos en todas sus ramas..... Los que estaban a su lado, no podían contener las lágrimas, nunca habían presenciado tanta demostración de amor y perdón.

Sabes, la Biblia dice, mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros. Hay un espacio en nuestro interior que solo Dios lo puede llenar. Y las puertas de su casa y sus brazos amorosos siempre estarán abiertos esperando por ti.....
El joven obstinado en su idea y no queriendo oír ninguno de los argumentos de su padre, saliendo de la casa, maldijo la hora en que había nacido en esa familia y se despidió diciendo, hagan de cuenta que morí y me sepultaron, jamás pisaré esta casa nuevamente.
Ni los ruegos, ni el llanto de su madre le hicieron reaccionar. Se marchó.
Tomó el tren, y sin rumbo fijo viajó lo más distante posible de su pueblo. Una sola idea pasaba por su mente... a donde voy, nadie sabrá de mí. Llegó a la gran ciudad. Todo lucía radiante, esplendoroso. Que muchas oportunidades tendría para lograr sus sueños. Esta era su oportunidad dorada.
Ciertamente la vida le sonrió, logró establecerse, conseguir una buena oportunidad de empleo, las amistades sobraban. Estaba logrando todo lo que quería. Cuan equivocados estaban sus viejos... Pasaron los años, y como suele ocurrir, lo novedoso se convierte en rutina y ya no había satisfacciones en nada de lo que hacía. Comienza a experimentar con algunos productos que sus amigos le ofrecían para cambiar su estado de ánimo. Había cierto deleite, pero pasajero, un gran vacío seguía creciendo en su interior.
En cierta ocasión en que está sentado tomando un café en uno de esos establecimientos que abundan en las grandes ciudades, comienza a percibir cierto aroma, que le era conocido, y sin querer su mente se remonta a su niñez. Recuerdos surgen a raudal, de los detalles que su madre tenía para él. Sentía el olor del pan de maíz recién horneado. Sentía los dedos de su madre correr por su cabello... Una sensación extraña comenzó a invadirlo.
Estaba sintiendo nostalgia de hogar. Eso que el dinero, ni la fama, ni el éxito puede ahogar.
Rápidamente el cuadro cambia y recuerda las horribles palabras con las que se despidió de sus padres. Jamás había sentido tanta vergüenza. Quería llorar y no se atrevía. Agobiado por la culpabilidad e inundado por la nostalgia, decide escribir a sus padres la siguiente nota:
"Hace muchos años salí de casa profiriendo palabras que aun retumban en mis oídos. Y aun cuando soy un hombre exitoso en todo lo que me propuse, hay un vacío en mi alma que no puedo mitigar con nada. No sé si ustedes puedan perdonarme por mis acciones y todo lo que dije. La próxima semana estaré pasando por su casa. No sé si todavía exista el viejo cerezo que estaba frente a la casa. Si ustedes estuvieran dispuestos a perdonarme y permitirme regresar a casa, lo sabré si colocan un pañuelo blanco en una de las ramas del cerezo. No se sientan mal si no me perdonan, yo reconozco lo grave de mi acción".
Llegó el día señalado, el tren pronto pasaría frente a la casa. A medida que se acercaba, su corazón palpitaba más acelerado. Llega a un punto donde no puede abrir los ojos y le cuenta a su compañero de viaje lo de la señal y le pide que por favor sea él quien observe si hay un pañuelo en la rama del cerezo. Cuando el tren está pasando por frente a la casa el compañero le dice, no puedo decirte lo que veo, tienes que verlo por ti mismo...
Cuando el abre sus ojos y mira hacia el viejo cerezo, este no tenia hojas, solo pañuelos blancos en todas sus ramas..... Los que estaban a su lado, no podían contener las lágrimas, nunca habían presenciado tanta demostración de amor y perdón.
Sabes, la Biblia dice, mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros. Hay un espacio en nuestro interior que solo Dios lo puede llenar. Y las puertas de su casa y sus brazos amorosos siempre estarán abiertos esperando por ti.....
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