"Y desde la
hora sexta hubo tinieblas sobre toda
la tierra hasta la hora novena".
Mateo 27:45
Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo... Me dejó en oscuridad... Aun cuando clamé y di voces, cerró los oídos a mi oración.
Lamentaciones 3:1-8
Vamos a trasladarnos por un momento a la cima del Gólgota. Jesús está clavado en la cruz en el momento en que el sol se halla en el cenit, las tinieblas se abaten sobre Jerusalén y toda la región, hasta las tres de la tarde. Por tres horas, la oscuridad se adueñó de la escena. Dios esconde su rostro de aquel que acaba de decirle: "Padre, perdónalos...". Fueron terribles horas de desamparo. ¿Por qué razón? Cristo es hecho pecado por nosotros; y es tratado como el pecado mismo por el Dios santo; porque en lo infinito de sus sufrimientos él lleva la eternidad de nuestro castigo.
Antes de ser entregado a los malvados, en la noche de Getsemaní, cuando oraba de rodillas, el Hijo de Dios, había como medido de antemano el horror de ese desamparo: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa". En la angustia del combate, su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Pero, para la gloria de Dios y para nuestra salvación, no era posible que esa copa de dolores le fuera ahorrada.
Al final de la tercera hora, el divino crucificado clama: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado? No había ningún motivo para ese desamparo sino el hecho, infinitamente solemne, que Jesús llevaba nuestros pecados y era "hecho pecado por nosotros". Y así, el cumplió con todo lo que exigía nuestra salvación. ¡Qué hecho maravilloso! Para constituir su familia adoptiva con los que creen, Dios no perdonó a su propio Hijo; le hirió como hubiésemos tenido que serlo, y le abandonó para que nunca lo fuésemos nosotros.
"Más Dios muestra su amor para con nosotros, que siendo pecadores, Cristo murió por nosotros". Romanos 5:8
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