Cuando Jesús se despedía de sus discípulos les prometió
que vendría sobre ellos un poder sobrenatural, que los capacitaría para la
evangelización del mundo. El Espíritu
Santo daría tal poder al testimonio de los apóstoles que, por medio de su
predicación, serian reunidos los miembros de la Iglesia de Cristo de todos los
pueblos, naciones y lenguas de la tierra.
Fue la presencia del Espíritu Santo que permitió a los apóstoles hacer su trabajo entre judíos que se oponían
y gentiles que no creían en nada. Fue ese poder el que sembró la llama del
Evangelio por el mundo conocido, transformo el corazón humano, revolucionó el
imperio romano y estableció la
iglesia de Cristo. Fue ese Espíritu el que venció a los reyes y emperadores e hizo de la fe
cristiana la fuerza dominante del imperio. Este es el mismo poder que ha
llevado este mensaje hasta lo
último de la tierra en los tiempos
actuales.
Es ese poder del Espíritu el que sostiene a todo
misionero, pastor y obrero del evangelio y usa su obra para transformar
corazones y vidas que habían sido destruidos por el pecado y Satanás. Es el
poder del Espíritu el que usa el testimonio de un creyente humilde para salvar a un pecador a
un vecino o a un amigo.
No importa la hostilidad del Averno
o los desengaños humanos, la Iglesia de Cristo, mira hacia el futuro con
un optimismo sin límites; mientras haya
creyentes llenos del Espíritu Santo y su poder, la misión se seguirá realizando
y las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia.
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros
el Espíritu Santo y me seréis testigos… hasta lo último de la tierra.” Hechos 1:8
No hay comentarios:
Publicar un comentario