“El que aparta su oído para no oír la ley, su oración
también es abominable”
Proverbio 28:9

Si le preguntamos a una persona cuál es su mejor momento
y su mejor acción, probablemente diga que es el momento de sus oraciones. Es en esos momentos de oración, donde nos
sentimos cerca de Dios, cubiertos del Espíritu Santo, alejados del trajín del
mundo bullicioso, en la presencia del Cristo amado. La oración genuina es la experiencia más
valiosa en la vida cristiana.
Sin embargo, hay veces cuando parece que nuestras
oraciones no llegan hasta el trono de Dios. ¿Por qué será?
El texto citado de Proverbios sugiere una razón. Hay mucha violación de las leyes hoy, y esto
incluye las leyes de un Dios justo y maravilloso. Cuando el hombre pisotea las leyes divinas y
se burla de las leyes terrenales, Dios rechaza sus oraciones. Cuando el hombre desprecia a Dios, ha perdido
lo mejor de su ser. Sus oraciones se vuelven
abominación delante de Dios.
Sin lugar a dudas, queremos que Dios tome muy en serio
nuestras oraciones. El ha prometido
tomarlas en serio. Pero Dios quiere que
nosotros también tomemos en serio sus leyes, sus preceptos. No debemos vivir engañados, Dios no puede ser burlado. Tenemos que acordarnos siempre de la
necesidad de ser obedientes, esto hay que acentuarlo. La primera orden de Jesús es “cree en
mi”. En seguida de eso, sin embargo
añade: “sígueme”. “Obedecer” y
“confiar” ambas van juntas.
Quien es fuerte en sus oraciones ha captado esa orden de
Cristo, ha abandonado su propia voluntad y hace lo que Dios le ordena. Ha oído
el llamado de Dios y ha seguido en pos de Él.
Tal persona puede orar y estar
seguro de que sus oraciones serán oídas por su Padre celestial. ¿Cómo puede alguien exigir que Dios oiga y
conteste sus oraciones cuando ni siquiera ha tenido la cortesía de obedecer los mandatos básicos que El ha establecido? L.H.R.
Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo. 1Pedro 3:7
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